Adom: golpe de fe parte 2


Unas horas aguardaron parapetadas las hermanas de batalla en el templo mientras esperaban que el psíquico las matara, pero no pasaba nada, ¿se habría ido o simplemente estaba disfrutando del momento?


Un ruido ensordecedor llegó del exterior y un agente se atrevió a romper un cacho de vidriera para ver que pasaba fuera, al parecer un enorme grupo de redencionistas estaba atacando al psíquico, esas pobres almas cegadas por su devoción querían eliminar al brujo y apartarlo de su templo sagrado. Mientras intentaban atacarle con fuego desde distintos puntos, los fanáticos morían a puñados.


Viendo ese espectáculo dantesco la hermana de batalla que lideraba el grupo convenció a sus hermanas para lanzar una última carga, este ataque era aún más temerario que el anterior, pero debían ser ellas las que exterminaran al psíquico, no unos "aldeanos". Abrieron las enormes puertas ornamentadas con detalles de querubines y marines espaciales chapados en oro, las mujeres se lanzaron de nuevo escaleras abajo con el grito de batalla en sus gargantas.

Cuando Samantha y Anabel llegaron a la altura de Phidias, este las paralizó, con la misma facilidad que a los cultistas, daba igual todo el entrenamiento que habían tenido, iban a morir como meros humanos de la calle. Una conversación empezó a sonar en sus cabezas:

-Queridas, porque me atacáis con tanta brutalidad, tanto odio, solo os he ayudado, acaso no podéis ser generosos con el dios que os ha salvado la vida.-dijo el Vagabundo en tono burlón.

-Solo os pido una cosa queridas, solo quiero que os vayáis con los templarios y ese inquisidor hacia Adom III, dejarme Colosus a mí, debo purgarlo a mi manera, ustedes solo saben quemar a la gente, pero yo tengo que mostrarles el mal que me hicieron a mí por ser diferente, por ser especial ¡Por ser único!-zanjó Phidias.

-Si no hacéis lo que os digo, el conflicto será aun mayor, yo puedo controlar la voluntad de Valaquia y de los demás poderes ruinosos que existen por la zona, pero vosotros andáis perdidos en la ceguera propia de la eclesiarquía.-Musito antes de levantar sus brazos y realizar su última acción.


Toda la gente de la plaza se empezó a levantar lentamente, habían caído inconscientemente, algunos no habían aguantado la fuerza del empuje psíquico y habían muerto, pero la mayoría estaban solo desorientados y mareados, tras mirarse unos a otros Samantha y Anabel se dieron las manos mientras se miraban fijamente.


Miraron al resto de redencionistas que había en la plaza y Samantha dijo a la hermana: aquí tienes tu ejército, espero que consigas algo de provecho con ellos.- Mientras los fanáticos las alababan a las dos como si fueran las elegidas del Emperador.

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